Rabdos!!! La vida que fluye en mi interior comienza a detenerse, el día del ocaso ha llegado. Ven por mi, ¡Oh! Maligno general y llévate con tus legiones todo el mal que he construido, Moira me llama, quiere que la acompañe al hado, pero no sabe que soy mas fuerte que ella, no sabe que yo la domino con mi fuerza que es suprema, trascendente.
Ven a mi, Rabdos, que serás vencido con tu infinito ejército pues Moira ha traído a mi un ángel, una diosa que trasciende en poder y gloria, sin saberlo me ha despertado e inundado el caudal de mi existencia.
Maldad, destrucción y odio, todos ellos yacen sin vida a mis pies, son mis sirvientes pues la espada rota ha sido forjada de nuevo con un fuego eterno y se ha vuelto indestructible. Nadie gobierna en mi, solo yo, nadie tiene ese poder que inconscientemente Moira deseaba en mi. La batalla acabó y la dicha es tanta, y la satisfacción tan vana, que he perdido el poder de dominarme.
El ocaso se acerca y yo, ya he muerto. La barca de Caronte me lleva y mi ángel me acompaña desde lejos, en la orilla, donde no derramará sus lágrimas esas que podrían resucitarme o acabar para siempre con mi existencia. El ciclo de las reencarnaciones ha terminado, cierro los ojos y muero. ¡Adiós! Siento no poder conquistar mi Persia, siento no haber podido ni siquiera escalar sus murallas con la mirada.
Volveré y los dioses no podrán detener mi camino, mis pies, cual toneladas de hierro, aplastarán la voluntad del que se interponga entre Moira, mi amada enemiga, y yo. Me has salvado y te has destruido. Ya no existes, solo yo, dirijo mis pasos…
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