Vive en mi hombro un pequeño geniecillo que me dicta que hacer y se burla cuando lo hago y me jala la oreja cuando lo desobedezco. No es malo simplemente es caprichoso.
Tiene un pequeña casa que parece una guayaba con innumerables ventanitas para que pueda ver todo mi ser y todo mi entorno, cuando tiene hambre se dirige a mi corazón y lo mordisquea uno o dos minutos, le arranca un buen pedazo y corre como loco a su casita de guayaba.
No me ayuda pero igual lo quiero pues escogió mi hombro para hacer su casita guayabera y rara vez se adentra en los rincones prohibidos de mi alma. A veces, cuando sus amigos geniecillos lo visitan hacen fiestas monstruosas que por lo regular terminan con atentados terroristas de quemar mi barba, pero son tan divertidos y sus motivos tales que me he visto tentado más de una vez a quemármelas yo mismo.
Cuando me enamoro amenaza con mudarse pues es muy celoso de su territorio y de abrazo en abrazo a veces aplastan su casita de guayaba, pero no se va pues a veces pienso que nació en mi hombro y pues uno nunca deja realmente el lugar que le dio la vida.
Cuando llueve se enoja y a veces llora pues se moja su ropita que había puesto a secar y su casita de guayaba suele inundarse con facilidad y me manda la factura para que le compre una nueva tele.
Es mi geniecillo y no lo cambiaría por nada, además su casita de guayaba esta tan enraizada a mi hombro que no sería saludable arrancarla. Espero que no tenga pronto familia pues podría amenazar con convertir mi cuerpo en un árbol de guayaba y mis barbas serian quemadas cada semana.
Y esa, amigos, es la razón por la que tengo una guayaba en mi hombro pues sin ella el geniecillo se quedaría sin casa o construiría una sandia.
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